Amalia Santana
La primera vez que Estados Unidos llevó a cabo un golpe
de Estado fue en 1953, cuando la CIA, con 6 años de su
creación, apoyó al decadente imperio británico, para derrocar
al presidente iraní, Mohammad Mossaddegh. El delito del
Gobierno iraní: pretender nacionalizar el petróleo, tras décadas
de despojo británico.
Esta operación inauguraría el patrón intervencionista
de los EEUU en el mundo contemporáneo; desde
ese momento hasta hoy, aplicarían rigurosa y
mecánicamente la misma guía, para doblegar y saquear
a los pueblos, que se atrevan a cuestionar su dominio en el
mundo, como lo reafirmó Donald Trump este sábado 3 de enero,
tras haber bombardeado Venezuela y secuestrado a la pareja
presidencial.
Es de manual
Lo primero, tras identificar un gobierno que se niegue a
someterse, es asfixiar la economía del país con aranceles,
sanciones, bloqueos y hasta robo de recursos y bienes, para
generar una crisis artificiosa que ponga a la gente en contra
de ese gobierno y traten de derrocarlo.
Lo segundo es convertir a presidentes, líderes y el pueblo que
lo respalda en auténticos demonios a través de sofisticadas
operaciones de propaganda: llamándolos terroristas,
narcotraficantes, brujas, psicópatas, lo que sea.
El tercer paso ya es de abierto intervencionismo político,
consiste en intentar derrocar a los gobiernos a través
de golpes de Estado, aupando a una oposición totalmente
instrumentalizada por los EEUU. Si con el tercer paso no lo
logran, acuden como última medida al ataque militar directo.
Patio Trasero, Esfera de Influencia, Coto de Caza
La última vez que aplicaron la receta completa en América
Latina, fue en 1989 contra Panamá. Más de 20.000 militares
estadounidenses invadieron un pequeño país de 2.000.000
de habitantes, desmantelando su ejército y capturando al
presidente Manuel Antonio Noriega.
El motivo era el mismo aducido en la invasión contra Venezuela;
también se trataba de una operación en “legítima defensa”, pues
se acusaba al gobierno de Panamá de enviar droga a los EEUU.
Años después, el mundo supo que, el gobierno de Panamá se

hizo el de la vista gorda con el lavado de activos en su país, y
nunca estuvo involucrado en las operaciones de narcotráfico
de las que lo acusaba EEUU.
La operación “causa justa”, solo comparada hasta entonces
por su magnitud con la invasión a Vietnám, finalizó con el
asesinato de cientos de civiles y con la instalación de un
gobierno de “transición” posesionado desde una Base Militar
gringa.
Como la de Panamá y la recién perpetrada en Venezuela, nuestro
continente cuenta ya con seis invasiones de esta naturaleza;
todas han tenido el mismo diseño, aunque en algunas haya
fracasado el imperialismo, gracias a la dignidad y al heroísmo
de los pueblos de nuestra América. Bahía de Cochinos en Cuba
en 1961, República Dominicana en 1965, Granada en 1983,
Panamá en 1989, Haití en 1994 y Venezuela hoy.
Todas las invasiones han perseguido el control de los
recursos y bienes de nuestros pueblos: minerales, petróleo y
el Canal de Panamá. Todas han ocurrido ante la inoperancia
del derecho internacional y han sido verdaderas carnicerías
humanas, con las que el imperialismo norteamericano
recuerda el propósito que, el pasado sábado, Trump volvió a
decirle al mundo: “El dominio de EEUU en América Latina no
será cuestionado nunca más”.
Consumada la invasión, siempre muestran la cara y se les
olvida el mito del terrorismo o el narcotráfico. En Panamá,
después de la invasión, Bush dijo: “El canal es nuestro”; en
Venezuela, Trump dijo: “El petróleo es nuestro”.
A la larga, los pueblos vencen
El mundo recuerda que ocurrió igual en Irak en 2003. EEUU
aplicó también la receta completa, prometiendo “desarmar a
Irak, liberar a su pueblo y defender al mundo de un grave
peligro”; el mito no era el narcotráfico, sino la supuesta
existencia allí de un arsenal de armas de destrucción
masiva. 8 años después de una invasión sangrienta, en la que
perdieron la vida casi 200.000 civiles, el mismo gobierno de
EEUU concluyó que no existían tales armas. El imperio no
pudo vencer a la resistencia iraquí, tuvo que abandonar el
país y contentarse con lograr un empate en esta guerra.
¿Qué viene ahora? ¿Cuál es el deber de las revolucionarias
y revolucionarios en estas horas de dificultad para nuestra
región?
Lo primero sea abrazar con toda solidaridad a nuestro
hermano pueblo, con una solidaridad efectiva, que se
traduzca en una gran movilización continental, por la
soberanía y el antiimperialismo. Lo siguiente sea fortalecer
la organización popular y disponernos a la lucha; la historia
también nos ha mostrado que, allí donde los pueblos superaron
la humillación y el miedo, vencieron.
