Amalia Santana
Cada crisis de acumulación del sistema capitalista viene
acompañada de una escalada violenta por la concentración y
el monopolio de la riqueza.
Lo ha sido así desde la imposición de la propiedad
privada y el despojo a campesinos y campesinas de
sus tierras para que unos pocos se adueñaran de los
medios de producción y a una inmensa mayoría en el
mundo no nos quedara más que la miseria y la explotación
de nuestro trabajo humano. Marx llamó a esto el proceso de
acumulación originaria.
Los procesos violentos de monopolización y concentración
de la propiedad privada, con el desarrollo ulterior del
capitalismo, devendrían en el imperialismo, como necesidad
de los conglomerados económicos, para controlar la producción
más allá de sus propias fronteras. Bien lo explicaba Lenín.
Lo que a veces pareciera olvidarse de los imperialismos,
como fases de ajuste del modo de producción capitalista, es
que para llevarse a cabo con éxito requieren mucho más
que el endeudamiento, el bloqueo a la economía de los países
empobrecidos, el uso de la violencia y la fuerza militar de
las grandes potencias.
Ninguna ambición de ese tipo se llevaría a cabo con éxito, sin
la estrategia imperialista de criminalización, demonización
y exterminio simbólico y político de los pueblos que resisten.
El propósito siempre ha sido construir un relato en el que el
sujeto a despojar es salvaje, o bruja, o demonio y, más tarde,
terrorista o narcotraficante.
Para despojar a los pueblos del mundo, Estados Unidos se ha
inventado las etiquetas del narcotráfico y el terrorismo y ha
invertido millonarias sumas en las campañas de propaganda,
religiosas, estéticas, culturales y artísticas, para lograr
que su contraparte quede reducida a un ser demonizado, al
que nadie estaría dispuesto a defender, y peor aún, al que
todos estarían dispuestos a atacar. Así se erige el imperio,
como la potencia heroica que salva al mundo. Nos incuban
la enfermedad y después nos venden muy cara la medicina.

Lo vimos en Irak después de 2003 cuando no existieron las
supuestas armas de destrucción masiva, con que trataron
de justificar la guerra de Bush. Lo hemos visto en América
Latina con la etiqueta del narcotráfico. Lo constatamos la
semana pasada cuando, tras el secuestro del presidente de
Venezuela, EEUU reconoció la inexistencia del “cartel de los
soles”. Lo ratificamos en Colombia, donde sabemos que el
presidente Petro no es dueño de ninguna fábrica de cocaína,
como lo ha acusado Trump. Es verdad a gritos.
Pues bien, ese es el mismo relato, que se le ha impuesto
en los últimos años a la insurgencia colombiana, y en
particular, hoy al ELN. Los señalamientos sobre nuestros
supuestos vínculos con el narcotráfico, hacen parte de la
misma matriz de propaganda de los EEUU, contra el gobierno
de Venezuela y contra el gobierno de Colombia. Pero resulta
que el presidente Petro, que conoce esto tan bien como
nosotras, continúa señalándonos de narcos, para conseguir
nuestro exterminio militar y político. La estrategia del
imperialismo de la que es víctima el presidente y de la que
debe defenderse, es la misma que él usa contra el ELN. Esto
no es juego limpio.
Así lo repitió Gustavo Petro, en su discurso del 7 de enero
en la Plaza de Bolívar. El presidente considera que la mejor
forma de distensionar y ganar tiempo ante una agresión de
los EEUU, así como de conseguir su exclusión de la lista OFAC,
es hacerle concesiones a Trump. Una de estas concesiones
ha sido ofrecerle intervenir directamente en el conflicto
armado colombiano para atacar al ELN. Hasta allí llega su
discurso de la soberanía.
El presidente Petro sabe perfectamente, que el ELN no es
una organización de narcos y traquetos. Por eso no ha podido
responder jamás a la propuesta del ELN de constituir una
Comisión con acompañamiento internacional, para investigar
el fenómeno del narcotráfico. El presidente sabe además,
que es falso que en nuestras mochilas las elenas carguemos
cocaína. Su discurso es solo la instrumentalización de las
mismas tácticas de la CIA y la DEA, para desprestigiar la
resistencia armada, que aún hoy existe en el país.
Al presidente Petro una vez más le invita el ELN, en el marco
de un gran diálogo nacional, a investigar con rigurosidad,
con participación de la sociedad, del campesinado y de la
comunidad internacional, el flagelo del narcotráfico en el
país. Le invitamos además a exponer las pruebas que su
gobierno tiene sobre las supuestas cocinas y cargamentos
de droga del ELN, más allá de acusaciones temerarias e
infundadas. De nuestra parte, elenos y elenas estamos listas
para mostrarle al país nuestras mochilas.
Quedamos atentas a su respuesta, Presidente.
