Sergio Torres
Las agresiones perpetradas por el imperio norteamericano han
estado precedidas por mentiras: “Lucha contra el narcotráfico”,
“lucha contra el terrorismo”, “defensa de la estabilidad regional”,
“acciones conjuntas”, “asesorías militares”, entre otras, a las
que apelan para saquear a pueblos del Sur Global
La avanzada de la agresión imperialista a Venezuela inició
con la invención del supuesto “cartel de los soles”. En
noviembre pasado, el gobierno de los EEUU publicó: “El
Departamento de Estado tiene la intención de designar al
cartel de los soles como organización terrorista extranjera (FTO),
con efecto a partir del 24 de noviembre de 2025. Con sede en
Venezuela, el cartel de los Soles es dirigido por Nicolás Maduro y
otros altos cargos del régimen ilegítimo…”.
Tras de esa declaración, los gobiernos vasallos como el de Noboa
en Ecuador y el de Milei en Argentina, repitieron esta mentira
como mandato y replicaron su declaración de terrorista a ese
cartel imaginario.
Esta fue la narrativa impuesta y el gran conglomerado corporativo
mediático empezó con ella un bombardeo permanente. Nunca hubo
pruebas, nunca hubo demostraciones claras de dicha acusación. Sin
embargo, apalancados en la falsedad y los “consensos” generados a
la fuerza, iniciaron los ejercicios militares sobre el hermano país.
Pocos días después de la invasión y rapto del presidente Maduro,
el gobierno de EEUU reconoció que el supuesto cartel de los soles
no existe. Su mentira no aguantó la presentación de la acusación
a Nicolás Maduro, ni en sus propios tribunales.
Esta vergonzosa y monumental reculada del imperio es otra
muestra más de la rastrera política imperialista, la sumisión de
las oligarquías locales y la utilización de los medios corporativos
de información. La fábrica de mentiras tiene como fuente una
política trazada desde Washington, asumida y legislada por el
vasallaje estatal regional e inoculada por la prensa corporativa
transnacional.
Replicando las mentiras
Para el caso local de Colombia, la lógica es similar. Los matices
discursivos en los que el presidente posa de antiimperialista no
resisten un análisis serio. Por el contrario, revelan y generan
nuevas evidencias de lo que ha sido su política de efectismo
mediático de bajo presupuesto.

Petro discursiva y simbólicamente ha enarbolado,
literalmente, banderas y discursos antioligárquicos,
antiimperialistas y emancipatorios; plausibles y hasta
emocionantes. Sin embargo, no pasan de ser palabras y
símbolos, no trascienden al lugar de la política, donde el
presidente de Colombia podría jugar un papel real y relevante
para el país. Por el contrario, sus políticas en la práctica son
la réplica de los designios imperiales y el opuesto de sus
discursos.
Por ejemplo, Petro niega la existencia del conflicto social,
económico y político en Colombia, con el agravante de utilizar
su pasado en una organización armada para apalancar su
posición. Al igual que Trump, inventa supuestos nexos de la
insurgencia con narcotráfico, les llama “cartel” para negar
su carácter político y revolucionario. Es tal y cual la réplica
obediente de la política imperialista: desconocer, negar,
estigmatizar y justificar acciones.
La secuencia también es parte del libreto obedecido,
una vez lanzada la narrativa falsa negacionista sobre el
opositor político. Se legitiman, protegen y apoyan bandas
narcoparamilitares, para que ejecuten “el trabajo sucio en
terreno”. Asumiendo fielmente la orden de continuar con la
instalación de una guerra proxy. Así lo hace descaradamente
el gobierno de Petro con las bandas ex-farc y el clan del
golfo en buena parte del país.
Sin máscara
El discurso del pasado miércoles 7 de enero marca el ocaso
triste de lo que fue una primera apuesta gubernamental
por los cambios. En medio de la coyuntura más crítica de
Latinoamérica contra el imperio, cuando la movilización
se convocó con un sentido antiimperialista, cuando el país
rechazaba la injerencia y la amenaza estadounidense e
incluso se debatía cómo enfrentarla. Petro optó por revelar su
personalidad al mundo, arrodillado, sumiso, pero emocionado
por entregarse a los negocios del imperio.
Se cayó tanto la careta, que inmediatamente lanza amenazas
y celebran supuestas acciones conjuntas de EEUU contra
la insurgencia. Es decir, Petro terminó aceptando que el
imperio bombardee su país, poniéndose del mismo lado de
la oligarquía traidora y vendepatria. Pero además con una
nueva mentira, pues dichas acciones conjuntas, incluidos los
bombardeos, ya las vienen realizando desde hace décadas.
Lo que no reconoce este gobierno y su amo imperial es
que, con todo el acumulado de fuerza, asesorías y bases
norteamericanas en Colombia, no han logrado acabar con
una insurgencia que, aunque no es invencible, tiene en el
apoyo popular la fuente de su fuerza. Tampoco han logrado
frenar la resistencia y valentía popular que sigue en la
construcción de un país distinto y bregando por cambios
estructurales.
