Claudia Julieta Parra
Tras el ascenso de Daniel Noboa en la Presidencia de Ecuador, este
país inicio una Guerra arancelaria contra Colombia, conflagración que
al parecer no beneficia a ninguno de los dos países, ya que hace al
comercio binacional inviable y les permite a las potencias cercanas
recuperar su hegemonía comercial.
Históricamente entre nuestro país y Ecuador han
existido incuestionables vínculos de carácter
socioeconómico y comercial; esta relación ha sido
estrecha pero volátil, enmarcada por la integración
andina y frecuentes tensiones arancelarias. Respecto a
Ecuador, Colombia ha mantenido una balanza comercial
superavitaria, exportando principalmente manufacturas y
energía, mientras importa materias primas.
A mediados de enero de este año, bajo una supuesta falta de
cooperación de Colombia en la lucha contra el narcotráfico
y la seguridad fronteriza, Ecuador de manera sorpresiva
anuncio un incremento del 30 por ciento a los productos
colombianos, a lo que nuestro país contestó de manera
recíproca, aplicando un gravamen del 30 por ciento a la
importación de 20 productos provenientes de Ecuador.
Desde ese momento continuó la tensión arancelaria pero el
mercado siguió fluctuante, hasta esta semana ya que otra
vez Ecuador incrementó el valor de los aranceles a nuestros
productos, elevando el gravamen hasta el 50 por ciento, por
lo más probable es que desde la Casa de Nariño se responda
con otra medida recíproca.
Esta guerra de aranceles afecta directamente a los
consumidores, productos como el arroz, el plátano, la cebolla,
el tomate y el aguacate Hass que vienen de Ecuador ahora
son más caros o difíciles de conseguir en Colombia debido a
las restricciones de transporte.
Los industriales colombianos advierten que podrían perder
hasta 1.803 millones de dólares en ventas al mercado
ecuatoriano, ni que, decir del comercio ecuatoriano cuya
principal afectación es en los costos del fluido eléctrico,
porque la energía colombiana suple cerca del 12 por ciento
del consumo eléctrico del país vecino.

El intercambio comercial el año pasado significó para nuestro
país un promedio mensual de 27,5 millones de dólares, lo
que representa cerca de 339 millones de dólares al año. De
acuerdo a estas cifras, ni para Colombia ni para Ecuador es
conveniente una guerra arancelaria.
Todo indica que este incremento de aranceles no es más
que la extensión de la guerra arancelaria que inicio Trump
el año anterior y, que tiene por objeto dividir la cercanía
comercial en América Latina, para de esta manera frenar
el ingreso de otras potencias a Latinoamérica y que EEUU
pueda retomar su hegemonía en la parte sur del continente.
Esta guerra comercial que tiene como objetivo la disputa
de la hegemonía, pero como trasfondo tiene la aplicación
continua de un modelo económico de libre mercado, que
monopoliza la riqueza en un reducido grupo plutocrático,
incrementa la desigualdad y la pobreza (monetaria y
multidimensional), además de desacelerar el mercado
global y afectar enormemente nuestro mercado interno;
que incrementa el déficit de poder adquisitivo, impactando
el mercado interno, desacelerándolo y acercándonos a una
recesión profunda.
Paliar los impactos de esta guerra comercial y de la recesión
económica global, exige la reformulación de la actual política
económica, buscando el decrecimiento del Gasto Corriente
(burocracia, guerra, pago de la Deuda Externa -DE-), el
congelamiento de la DE y una posible refinanciación de la
misma; al igual que una política de tributación con énfasis
redistributivo, donde el mayor aporte lo hagan los grandes
capitales y que las capas sociales medias y bajas sean exentas,
para que este dinero se pueda percibir en fluctuación de
masa monetaria, para remediar la caída abrupta que sufre la
demanda y dinamizar los mercados.
